Tema 1

BUSCA LA PAZ Y SÍGUELA
(RB Prol 17; Ps 34:15)

Sr Margaret Malone SGS * 1936
St. Scholastica’s/ Toxeth House/ 2.AV.Road/ Globe Point SNW 2037/Australia

  • Quisiera hoy tratar un tema que tiene enormes consecuencias para la vida comunitaria. Es la cuestión de la reconciliación en la Comunidad, de las situaciones que la hacen necesaria, de cómo podemos buscar la paz y seguirla, de los procesos que nos podrían ayudar en esta tarea. Mi punto de partida son los « instrumentos de las buenas obras », 4,73: « hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido. » La fuente de este texto es, sin duda, el famoso texto de Ef 4,26:  "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo."  La traducción de la New English Bible tiene un matiz  interesante: "Si os airáis, no permitáis que el enojo os lleve al pecado; no permitáis que la puesta del sol os encuentre amamantándolo todavía; no le dejéis ninguna ocasión al diablo." Por tanto, el tema no es el enojo mismo, sino lo que hacemos con él. No estamos para "amamantarlo", para permitirle que nos lleve al pecado, tenemos que esforzarnos en restaurar la paz. Probablemente, la fijación del tiempo antes de la puesta del sol,  lejos de ser siempre posible en la práctica,  es más bien simbólica ; no obstante, indica que hay que hacer algo. 

    André Louf dijo una vez que la comunidad cristiana se forma sobre la debilidad humana; es un lugar de perdón, un lugar para sanar. La mayoría de nosotras conocerá la debilidad en la comunidad por experiencia, pero ¿conocemos y experimentamos la comunidad como un lugar de perdón y un lugar para sanar? Con razón podemos preguntar: ¿Es posible, como dice 4,73, hacer las paces antes de la puesta del sol? Seguro que no es así en la situación del mundo, donde el "ojo por ojo" parece ser el modelo preferido para actuar.

    Si miramos el texto de la Regla, es evidente que no podemos echar en cara a San Benito un mero idealismo poco realista. Si cogemos tan sólo algunos de los puntos que propone en el capítulo 4, podemos ver que él conoce esas cosas que ocurren hasta en los mejores círculos. Probablemente las vio ocurrir. He aquí algunos de los puntos que menciona en aquel capítulo, que demuestran la universalidad del pecado, pecado que corroe la comunidad, destroza la paz y manifiesta la necesidad de trabajar por la integridad y por la reconciliación. S. Benito menciona la ira, la venganza, el engaño, el dar una paz fingida, el devolver mal por mal, la murmuración, la riña, la envidia, los celos, el odio, la calumnia. Naturalmente, lo que S. Benito hace es, en gran parte, señalar que la comunidad debe ser una que intenta vivir las enseñanzas del Evangelio. Al fin y al cabo, algunas de estas faltas deberían aparecer en la vida de nuestras propias comunidades. Y, si el pecado sobreabunda, ¿dónde se queda la reconciliación? Pienso que es un tema clave para nosotras en nuestra vida. Dicho con palabras de David Armstrong, ministro protestante en  Northern Ireland, quien fue echado de su ciudad por los representantes de su propia iglesia cuando intentó superar el abismo entre protestantes y católicos: Una comunidad que no tiene nada que decir sobre la reconciliación, no tiene nada que decir. ¿Qué tenemos nosotras que decir sobre la reconciliación?

    Quisiera desarrollar esta ponencia bajo los siguientes títulos:

    La corrosión de la Comunidad

    La Comunidad  y los instrumentos

    Procesos de reconciliación y sanación

    · Las faltas no pasan desapercibidas

    · Pero todo se hace con compasión

    · La reconciliación puede ser lenta y dolorosa

    · Los rituales juegan un papel muy importante 

    Perdón y reconciliación

    El Perdón de Dios


    La corrosión de la comunidad

    Hace unas semanas, Hugh Mackay, un sociólogo, escribió en el periódico de Melbourne que él cree que el sentido de nuestras vidas se encuentra en la calidad de nuestras relaciones personales y en ningún otro sitio. Todos formamos parte de la misma humanidad. Aprendemos las lecciones más valiosas los unos de los otros. En general, yo pienso que S. Benito  afirmaría esto, si bien nosotras y él añadiríamos la dimensión de la fe, de Dios. De modo que, si las relaciones son tan importantes, tenemos que fijarnos en qué es lo que destroza la calidad de nuestas relaciones personales y mirar si podemos hacer algo para superar estos escollos.   

    Pensé que podría empezar comentando algunos de esos puntos del capítulo 4.

    La ira: Además del texto de la carta a los Efesios, tenemos naturalmente las enseñanzas del evangelio que nos exhortan a hacer algo con nuestra ira. En el texto de S. Mateo (5.22), sobre el Sermón de la montaña, esto queda muy claro. No sólo un asesinato te hace culpable de juicio, dice S. Mateo ; « yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano o su hermana, será culpable de juicio. » Luego, si expresas este enojo insultando o llamando a tu hermano o a tu hermana idiota, serás culpable de juicio o incluso serás expuesto al fuego del infierno. Sigue el texto bien conocido de que las ofrendas que llevas al altar son inaceptables, a no ser que te hayas reconciliado. Sólo « entonces vuelve y presenta tu ofrenda ». (5.24)

    Como dije antes, el problema no es el enojo en si mismo, sino su expresión en un comportamiento agresivo. Nuestras acciones deben formarse lo mismo de la razón que de la emoción. Holzherr insiste en un aspecto interesante, y es que este instrumento sigue al "no anteponer nada al amor de Cristo" (4.21),  de manera que este amor de Cristo debería formarnos en nuestra conducta.  Para los que aman a Cristo no hay lugar para la malicia, para el círculo vicioso del mal, donde la injusticia engendra injusticia, la violencia engendra violencia, etc. Sólo el amor puede cortar este círculo. Alguien tiene que absorber la violencia y renunciar a la venganza.

    El deseo de vengarse es comprensible. Dysinger traduce este instrumento diciendo que no se almacene la ira, esperando una ocasión para la revancha. Alude aquí a una especie de rencor que arde sin llama y que algún día, si se le permite crecer, se expresará en agresión.

    El engaño y la paz falsa manifiestan la falta de sinceridad. Aparecerá como que todo está bien pero, en el fondo, el rencor está floreciendo. Jeremías acertó: "Con su boca dicen: 'Paz' al amigo, pero dentro de sí le ponen asechanzas." Jer.9,8

    Devolver mal por mal habla por sí solo. Es el resultado de la incapacidad de aceptar una ofensa sin vengarse. En tal comportamiento no se encuentra nada del cuarto grado de humildad. Volveré a esto cuando hable del perdón.

    Holzherr anota que la murmuración es una forma malhumorada de encontrar faltas. Es una fuerza pérfida y destructiva en cada comunidad, y S. Benito la condena con las más severas palabras en toda la Regla. 

    Luego siguen la calumnia, el odio, los celos, la envidia, todo lo que destruye las relaciones y la mutua confianza que podemos tener. La riña implica disputas habituales y es una actitud que puede crecer si no se controla, hasta llegar a ser una continua querella. Como en el caso de la ira, nada obliga a que este sea el resultado de un conflicto. Puede ser controlado.

    Aparecen el la Regla otras posibles faltas que solamente voy a enunciar aquí, sin extenderme en su comentario. Tenemos aquellas del comienzo del capítulo 23 y del capítulo 46, y naturalmente el terrible vicio de la propiedad privada. Luego también, no faltará en ninguna comunidad quien llegue tarde al Oficio Divino y tarde o temprano van a manifestarse las espinas de la discordia. (13.12) S. Benito también siente la necesidad de condenar la agresión física entre los miembros de la comunidad, (70.1) de manera que esto tiene que haber ocurrido. No es de extrañar, pues, que algunas de estas cosas, y quién sabe si otras más, ocurran aún hoy entre nosotras.

    En una charla en Abril de este año, Rowan Williams dijo unas palabras exigentes y provechosas. Preguntó: ¿Cuál es la moneda de la comunidad? Merece la pena preguntarnos a nosotras mismas y a la comunidad. ¿Es la murmuración, la venganza, el juzgar a las demás, reñirlas, el cotilleo, la falta de perdón...? ¿O es el mutuo amor, la búsqueda de la paz, la generosidad, la aceptación...?

    La comunidad  y los instrumentos

    En el prólogo, al presentar la metáfora de la escuela, S. Benito observa la necesidad de corregir las faltas y mantener la caridad. Luego en el capítulo 4, que es el punto de partida de mi ponencia, habla de los instrumentos y del taller, como enseñando un camino para trabajar en esta tarea. Los instrumentos mismos son naturalmente algunos de estos caminos. No odies ni des lugar a la ira, etc. Pero a veces quizá necesitamos más ayuda y no nos bastan simplemente estas directrices. En la charla de Rowan Williams, a la que me referí antes, él presenta una bella metáfora de herramientas de trabajadores experimentados, como si fuesen la prolongación de la mano, es decir, parte nuestra. Se podría pensar en un un/a músico y su instrumento. El  violoncelista Stephen Isserlis me hizo pensar recientemente en esto. Él simplemente es uno con su instrumento.  Las herramientas y los instrumentos se suavizan con el uso, de manera que con el tiempo se adaptan mejor a su labor. Lo que quiero decir con eso es que se necesita mucho tiempo para trabajar en estas tareas - toda la vida. Por eso, al final del capítulo 4 insiste S.Benito en la necesaria estabilidad al hacer todos estos trabajos en la comunidad. Los instrumentos tienen que llegar a formar parte nuestra. Se trata en definitiva de religarnos las unas a las otras, de tratar de abrir un camino hacia una vida común estable, sabiendo que muchas veces precisaremos de la disciplina cotidiana de "la reparación". Por eso es tan real. No existe ninguna solución rápida, mágica. Quisiera considerar a continuación de qué manera podemos usar estos instrumentos durante toda la vida.

    Los procesos de reconciliación y sanación

    S. Benito tiene algo que decir sobre este tema, de manera que no solamente nos da enseñanzas sobre el origen de las divisiones. Pienso que ganaríamos mucho estudiando los capítulos 23 al  30, que los llamo código correctivo, y los capítulos 44 al 46. Estos capítulos muchas veces se tienen por irrelevantes y, efectivamente, algunas de las enseñanzas que contienen lo son. Pero, como siempre en la Regla, si consideramos los principios que nos va presentando S. Benito, hay mucho que ganar. Así uno de los temas, considerando la inclinación al mal que puede aparecer en la comunidad, es qué podemos hacer por la reconciliación. No es difícil ver las faltas que forman parte de la condición humana, pero no es tan fácil arreglar las situaciones cuando ocurren las faltas.

    Quisiera resumir en algunos puntos la enseñanza de estos capítulos.

    · Las faltas no pasan desapercibidas

    El primer punto de estos capítulos está claro: Las faltas no pasan desapercibidas. Se dan  amonestaciones, primero en privado y después, si no ha habido mejoría, se reprende públicamente, y en último extremo se excomunica al errante. Esto quiere decir que la persona está separada  de la comunidad, no se le permite ningún contacto (25.2; 26) y, según la gravedad de la falta, no puede participar ni en las comidas comunitarias ni en el Oficio Divino. Es una gran privación para quien ama la comunidad. Sin embargo, me parece que S. Benito espera que el castigo se convierta en una fuente de penitencia y de mejoría del comportamiento, porque el aislamiento le la da a la persona la posibilidad de enfrentarse con la verdad. (25.3) Una falsa simpatía y el contacto pueden estorbar este proceso. Se trata de dejar sanar, como dicen las últimas palabras de esta serie de capítulos: ut sanentur - para que sanen. Quien no mejora, al final tiene que sufrir el  terrible proceso de la expulsión definitiva, la amputación, que está descrita expresivamente en el capítulo 28.

    · Pero todo se hace con compasión.

    Sin embargo, la aparente dureza del castigo será suavizada en gran manera por la compasión que S. Benito exige, y este será mi segundo punto. Siempre habla del excluido como de un hermano, aunque  a veces sea un delincuente o simplemente un vacilante, débil o enfermo (27.1, 3, 6; 28.5). En uno de los más bellos capítulos de la Regla (a mi parecer), en el capítulo 27, demuestra gran compasión. El abad que ha impuesto el castigo envía como un buen médico a uno de los hermanos mayores a consolar al hermano y animarle a hacer penitencia, es decir a confortarlo, para que no sea devorado por el dolor excesivo. (27.3) Que el amor hacia él sea intensificado, dice S. Benito.  Todo esto debe ser realizado con mucha solicitud hacia el errante. También usa aquí la metáfora del pastor, anotando que quien se ha perdido debe ser tratado con misericordia y llevado de nuevo al rebaño. Enfatiza la idea de misericordia expresada en el evangelio del Buen Pastor.

    · La reconciliación y la sanación de las heridas emocionales pueden ser lentas y dolorosas

    El tercer punto que a mi parecer se puede sacar de estos capítulos es el hecho de que S. Benito  comprende que la sanación de las heridas y la reconciliación pueden ser lentas. Las medidas que toma lo indican: el tiempo para reflexionar, el aislamiento, la reintegración gradual. No sólo puede ser lenta la sanación, sino que también puede ser muy dolorosa, en la medida en que se hace la experiencia de comprender mejor la propia conducta, en que se llega a ser capaz de admitir la falta, se va viendo más y más la necesidad de cambiar y se comienza a asumir los medios necesarios para ello, cualquiera que sean. Es una verdadera humildad reconocer que dependemos solamente de Dios. Hace un tiempo escuché en la radio una entrevista con un escultor de Tasmania (Australia) que había creado un jardín de la reconciliación. Describía la roca gigante que es el propio futuro. Esta roca está partida por el medio, y comentaba que esto simboliza de que tienes que permitir que el mundo te parta el corazón, antes de que puedas perdonar y ser reconciliada de verdad.   

    · Los rituales juegan un papel muy importante.

    Otra cosa que S. Benito  tan claramente comprendió sobre el proceso de la sanación es el papel vital de los rituales. Ya constató esto en el capítulo 13, al mencionar la oración del Padrenuestro al final de Laudes y Vísperas, porque con frecuencia surgen las espinas de la discordia (13.12). Y hacia el final de la Regla describe un ritual muy importante. Si un hermano es reprendido por el abad, "al instante, sin demora, postrándose en tierra, permanecerá echado a sus pies dando satisfacción, hasta que con una palabra de bendición se calme aquel enojo."  (71.8) Sin embargo, en nuestro contexto de la reconciliación tras haber faltado, el ritual más significativo es la re-aceptación gradual del miembro errante en la comunidad, como está descrito en el capítulo 44. Lo usaré como ejemplo. Este capítulo describe a aquel que se está reconciliando con la comunidad postrado con la cara hacia el suelo, echado a los pies de todos, mientras los monjes salen del oratorio. Después, cuando el abad decida, el monje errante se postrará a los pies del abad y luego a los pies de todos, para que recen por él. Luego podrá ser recibido en el oratorio, pero no necesariamente en su sitio de antes. No le está permitido recitar un salmo o una lectura, y al final de cada hora del Oficio Divino debe prostarse donde se encuentra. Finalmente, cuando haya hecho satisfacción, puede ocupar de nuevo su sitio en la comunidad. 

    Naturalmente no queremos hacerlo así y, al encontrarnos con la descripción de tales rituales, estamos en peligro de rechazarlos de plano. Pero pienso que deberíamos preguntarnos: ¿Qué clase de rituales tenemos nosotras? ¿ Qué rituales tenemos cuando una se distancia de la comunidad? ¿Qué rituales tenemos para sanar, para el perdón, para la reconciliación?

    Perdón y reconciliación

    No es mi pretensión resolver de un plumazo los problemas que surgen a causa de la inclinación al mal en nuestras comunidades, pero pero sí profundizar un poco más sobre qué tenemos que hacer para trabajar el perdón y la reconciliación. La enseñanza de S. Benito  sobre los procesos que acabamos de considerar es importante, pero quizá podemos decir un poco más.

    Observemos primero el perdón. Sin perdón, no creo que pueda ser posible la reconciliación. El hecho de que lo necesitamos es enseñanza totalmente evangélica. ¿Cuántas veces tengo que perdonar?, pregunta Pedro. ¿Siete veces? Yo te digo, contesta Jesús, setenta y siete veces, (Mt 18,22) Es decir, siempre y siempre una vez más.

    La palabra perdón significa dejar atrás el odio, renunciar a mantenerse en el deseo de revancha, ir más allá de lo que se espera. Un ejemplo perfecto de ello se encuentra en un artículo que escribió Sheila Cassidy en el London Tablet hace un tiempo. Tras haber pasado por una circunstancia muy difícil en su vida y al cabo de una reflexión muy dolorosa llegó a decir: Por mucho que hayamos sufrido injusticias, por muy justificado que sea nuestro odio, si lo mantenemos, nos envenenará. Nuestros corazones se vuelven amargos, nuestra visión se cierra  y nuestro amor se marchita. El odio es un mal que hay que eliminar de raíz y tenemos que rogar por la fuerza para perdonar, ya que sólo perdonando a nuestros enemigos podremos sanar. Tom Uren, un antiguo político de Australia, escribió recientemente desde el punto de vista no-crisitano: El odio siempre es trágico. Destroza la personalidad y hiere el alma. Es más perjudical para la persona que odia que para la odiada. Volviendo a Evagrius, él lo describe más expresivamente todavía. [La ira] endurece el alma más y más, y particularmente captura al alma durante la oración, trazando en la mente la cara de algún ofensor. Permanece en el alma y se convierte en enemistad, causa pesadillas de torturas físicas, horror de la muerte, ataques de serpientes venenosas y de bestias. Casiano habla de la ira como de un veneno mortal, la enfermedad más perniciosa para el alma.

    Podríamos pensar en muchos ejemplos en los que el odio se deja atrás mientras se trabaja por el perdón. Pensemos en el caso del Cardenal Bernardine y su acusador. Pensemos en el monje trapense de Algeria, Fr Christian, quien llamó a su futuro asesino el "amigo de su última hora", y encomendó a este asesino al Dios "cuyo rostro veo en el tuyo". Hace poco leí la historia de José (Gen 42 - 47), y constaté la maravillosa escena en la que José por fin les dice a sus hermanos quién es. « Acercaos ahora a mí. Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Ahora, pues, no os entristezcáis ni os pese haberme vendido acá, porque para salvar vidas me envió Dios delante de vosotros. » (Gen 45, 4-5) Es el perdón total, que demuestra el resultado de la reflexión sobre el sentido del trágico acontecimiento, un acontecimiento que no debiera haber ocurrido y que hubiese podido engendrar mucho odio y el deseo de vengarse. No es difícil pensar en ejemplos. Ahora bien, más difícil es actuar así en nuestra propia vida.

    S. Juan Cristóstomo hace una observación interesante: Dice que dos cosas nos son exigidas aquí y ahora : reconocer nuestros pecados y perdonar a los demás; lo primero lo tenemos que hacer a fin de que lo segundo resulte más fácil. Si estamos bien conscientes de nuestro propio comportamiento y de sus deficiencias, estaremos más dispuestos a perdonar a los demás. Al conocer nuestra propia inclinación al mal, nos costará menos perdonar la de los demás.

    Stephanie Dowrick, escritora en Nueva Zelandia y psicóloga, escribió un libro que tituló  "El perdón y otros actos de amor". Hay gran sabiduría en aquel título. De hecho, el perdón es un acto de amor y quizá el problema es que no tenemos bastante amor.

    Sabiendo perdonar, podemos movernos hacia la reconciliación. Esta palabra implica un movimiento que vuelve a la unidad, es una búsqueda de la propia integridad personal.

    S. Benito  acentúa con energía el papel del abad en el proceso de reconciliación. He pensado en tres cosas acerca de esa acentuación y las he seleccionado porque al fin y al cabo valen para todas nosotras. Son la compasión, el servicio y la responsabilidad. Cada esfuerzo hacia el perdón y hacia la reconciliación debe estar abarcado por la compasión. La lucha por mantener esta actitud en el camino hacia la reconciliación requiere una disposición a servir. Las dos cosas son  para el bien de una persona y para la comunidad. Luego tenemos el hecho de que el abad es responsable de aquellos que se han encomendado a su cuidado. Pienso que estas tres cosas forman parte de nuestro mutuo amor y son una responsabilidad para todas nosotras, pero a veces el abad está en una posición privilegiada para asegurar que lo que circula en la comunidad sea un esfuerzo hacia la reconciliación, hacia el perdón, hacia el no-juzgar, hacia la paz. Me llamó la atención una acertada expresión en un comentario de Santo Tomás de Aquino sobre el Evangelio de San Juan. Habla del pastor y dice que nadie puede ser un buen pastor si no está unido/a a Cristo por la caridad. Dos cosas se exigen [del pastor]: ser responsable [de las ovejas] y amarlas; la una no basta sin la otra. 

    El Perdón de Dios

    Quisiera terminar con una alusión a la fuerza del Perdón de Dios. Me lo hizo ver de una manera preciosa una novela de David Malouf, un escritor australiano (Conversations at Curlow Creek. P 138).  Un preso que estaba a punto de morir le preguntó a su guardia: ¿Hay algo así como el perdón? Después de haber pensado mucho, el policía le replicó: Si yo fuese Dios, escogería el perdón, porque no podría encontrar en mi corazón otra manera de obrar. Esto va al corazón de la materia. Y tenemos que ser en esto como Dios. 

    Los instrumentos de las buenas obras que preceden y siguen a aquel con el que empezamos esta charla - hacer las paces antes de la puesta del sol con quien se haya reñido (4,73) - realmente resumen todo lo que he estado diciendo. 4,72 dice: "En el amor de Cristo, orar por los enemigos". De nuevo, S. Benito ve que esto sólo es posible con Cristo. S. Benito cambia el texto del Maestro para incluir a Cristo, demostrando que cree que él es el centro de todo, y en este caso de nuestra fuerza para perdonar. Tenemos que rezar por los enemigos con nuestros ojos fijos en Cristo y con su amor. Y entonces termina la lista de los instrumentos, lleno de esperanza, a pesar de las dificultades que surgen al querer realizar todo eso: "Y jamás desesperar de la misericordia de Dios." (4.74) Es una de las frases más bellas de la Regla: "Et Dei misericordia numquam desperare."

    Todo esto lo hace posible nuestra vida en comunidad y hace que sea diferente de los caminos del mundo. 

    En el dibujo que representa una valla de alambre espinoso que divide dos campos de flores  quisiera anotar que el alambre espinoso es tan destructivo. Rasga las manos y la cara, rompe la ropa y encierra a los prisioneros. Pienso que la reconciliación implica usar los instrumentos durante toda la vida, los instrumentos que han llegado a formar parte nuestra, para intentar quitar esta división. Ojalá que algún día, si no es aquí al menos en el cielo, tengamos el campo de flores sin la división del alambre espinoso. Hasta allí nos pueden conducir nuestra búsqueda de paz y su seguimiento.
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